EN TUS SUEÑOS

EN TUS SUEÑOS

Nº Registro: M-005950/2016

Isabel Puyol Sánchez del Águila

 

Serafina había decidido poner fin a los malos tratos de su marido, y un día huyó. Simplemente salió por la puerta sin recoger sus pertenencias y buscó refugio. No le resultó difícil, ya que ella podía disponer de una vieja casa en el monte, lejos de su hasta ahora hogar, que había pertenecido a una tía suya. Su marido ni siquiera conocía la existencia de aquella propiedad. La gente del pueblo más cercano le ayudó a acomodarse, y a comprar algunas cosas básicas. De momento estaría a salvo allí durante un tiempo hasta que decidiese qué hacer con su maltrecha vida.

La casa llevaba tiempo vacía, y era muy vieja, pero disponía de las comodidades básicas para poder ser habitada. Allí se sentía segura, aunque todavía se encontraba alterada por la difícil vida que acababa de dejar atrás, quizás por eso aquella noche algo desconcertante le ocurrió. Acababa de quedarse dormida, cuando el llanto de alguien que parecía una niña le despertó. Convencida de que alguien había entrado en su casa, se levantó y comenzó a buscar por todas partes, pero sin éxito. Cuando comprobó que estaba sola, volvió a la cama, pero esta vez más nerviosa, e incapaz de conciliar el sueño. El llanto que acababa de escuchar era especialmente perturbador, pero también irreal. Convencida como estaba de que había sido producto de su cansancio, decidió olvidarse de la anécdota.

A la mañana siguiente se levantó con pocas fuerzas, pero aún así, no paró en todo el día, limpiando y ordenando la casa, aunque se sentía observada. En uno de los momentos en los que se agachó a recoger un trapo del suelo, al levantar la cabeza, frente al espejo vio algo que le dejó sin respiración, inmóvil. Una niña de aspecto desarrapado la miraba con los ojos muy abiertos, aterrorizada. Sin embargo, en un abrir y cerrar de ojos, la imagen del espejo había desaparecido. Sin poder evitarlo, se cayó sobre un viejo sillón de orejas que había en el salón. Sin embargo, pronto se repuso del susto, porque no podía evitar pensar que después del terror real que había vivido junto a su marido, ninguna experiencia sobrenatural podría hacerle más daño. Durante sus sueños veía a esa humilde niña, y cuando estaba despierta, a lo largo del día, no podía evitar ir sintiendo una cierta empatía por aquella pequeña, que sin duda necesitaba ayuda, como ella misma. Algo tendría que hacer al respecto.

Al llegar la noche, Serafina decidió afrontar aquello, porque en cierto modo estaba segura de que la niña volvería a aparecer. Lo que hizo fue sencillo, aunque aterrador, simplemente se sentó en el sillón con la luz apagada y encendió una vela. Si aparecía alguien por allí, directamente le preguntaría si necesitaba algo. Serían las tres de la madrugada cuando Serafina, a quien ya se le cerraban los ojos, se sobresaltó. Delante de ella estaba esa pequeña mirándola fijamente, era casi palpable, parecía muy real. Con la voz temblorosa se dirigió a pequeña. Le preguntó su nombre, y ella con una voz perfectamente audible, le contestó que se llamaba Valentina.

-¿Qué te ocurre?- le preguntó Serafina aterrorizaba.

-Ayúdenos. Nos matan. Roberto está muerto.

-¿Dónde está Roberto?- le preguntó de nuevo.

La niña señaló hacia el suelo, pero allí no había nadie. Unos instantes después la imagen desapareció y Serafina volvió a quedarse sola, o al menos eso creía ella. No entendía nada. A la mañana siguiente iría al pueblo y hablaría con el párroco, quizás él podía aportarle información sobre los antiguos inquilinos de la casa, ya que su tía no había vivido muchos años en aquel lugar.

Tal y como había decidido, se dirigió a la parroquia del pueblo y trató de conocer algún detalle sobre la casa. Ciertamente, el párroco sí recordaba quién había vivido allí antes que su tía, aunque no entendía por qué quería saberlo. Serafina, que era bastante hábil buscó ciertas explicaciones más o menos racionales, porque de ninguna manera quería contarle la verdad, ya que su fama de loca se hubiese extendido por el pueblo.

-Esa casa tiene una historia trágica, un asesinato muy cruel tuvo lugar allí poco después de la guerra. Parece ser que unos soldados, por motivos de venganzas personales, entraron en la casa y mataron al pequeño de la familia. Eran dos hermanos, pero la mayor, Valentina consiguió esconderse- le contó el sacerdote, poniendo fin a la conversación, porque tenía que oficiar la Misa de la mañana.

Serafina volvió a su casa dándole vueltas una y otra vez a la historia que le había contado el párroco. Era evidente que Valentina era la niña que  se le aparecía, pero había algo que no encajaba. Si la niña no había muerto en aquel trágico episodio, y su hermano sí, ¿cómo era posible que se le apareciese el fantasma de ella, y no la del niño?, ¿cómo moriría Valentina?

Después de pasar una noche más en vela, sin poder relajarse por no comprender qué estaba sucediendo allí, a la mañana siguiente algo más desconcertante todavía le ocurriría.

Serían las nueve de la mañana cuando alguien llamó a su puerta, y cuando fue a abrir, allí delante se encontraba el párroco con una anciana de unos ochenta  años que apenas podía moverse.

-Aquí le presento a Valentina, la niña que vivió aquí en tiempos de la Guerra, quizás usted quiera hacerle algunas preguntas- le dijo el sacerdote al tiempo que Serafina les invitaba a pasar.

La anciana la miró con los ojos muy abiertos, muy asustada, como si hubiese visto un fantasma. Después de un tenso silencio, la señaló y exclamó:

-Es usted la señora que yo veía en el sueño. No tengo duda, porque era un sueño premonitorio. Yo soñaba que mataban a mi hermano pequeño, y una señora aparecía por la casa. Yo le pedía ayuda, pero ella parecía más asustada que yo.

Serafina no daba crédito a lo que estaba escuchando. Ella había aparecido en un sueño premonitorio de hacía unos setenta y cinco años. Aquello había sido una especie de comunicación telepática que había atravesado la barrera del tiempo. Con un tremendo escalofrío, Serafina le hizo una última pregunta, pero sin querer alterar más a Valentina, a quien se le habían empañado los ojos de lágrimas al recordar tan trágico momento.

-¿Solo soñaba eso, o había algo más?

-No, señora, hubo algo más, sé que volví a soñar con usted, lo que ocurre es que no recuerdo por qué.

Aquellas palabras de la anciana dejaron muy perpleja a Serafina, quien quería hacerle más preguntas, pero era obvio que Valentina se sentía demasiado fatigada, y el párroco decidió acompañarla a su casa.

Quedándose se nuevo sola en casa, su perplejidad iba en aumento cuando recordaba la conversación que acababa de tener, jamás pensó que algo así pudiese suceder. Pero si había algo que le intrigaba era saber cuál había sido ese otro sueño de la niña de hacía setenta y cinco años. No tardaría mucho en salir de dudas.

Dos noches después de la visita, cuando estaba ya oscureciendo, Serafina sintió un fuerte escalofrío, algo le hacía presentir algo malo. Ni siquiera se atrevía a apagar las luces, pero finalmente se fue a dormir. Nada más sentarse en la cama, su corazón se sobresaltó, allí mismo, junto al espejo estaba la pequeña, que con ojos de terror le decía: “HUYE. VIENEN A MATARTE”.

Serafina dio un salto brusco de la cama, se puso su chaqueta y salió por la puerta de atrás. Echó a correr, aunque sin saber muy bien por qué. Una vez que se sintió a salvo, de lejos, escondida entre unos matorrales, pudo observar cómo su marido entraba en la casa con un cuchillo de enormes dimensiones, y visiblemente borracho. Si hubiese estado durmiendo él la habría matado.

Aquel terrible episodio de su vida siempre lo recordó con gratitud, pero también con amargura. La comunicación telepática a través de los sueños había conseguido que una niña de hacía muchísimos años le salvase la vida, pero lamentaba profundamente no haber podido hacer lo mismo por Valentina y su hermano.

Poco tiempo después, una madrugada, al abrir los ojos, vio a la pequeña Valentina entre nubes diciéndole adiós con la mano. No tuvo ninguna duda de lo que significaba aquella visión, y sin perder tiempo acudió al pueblo a despedirse de ella, y de paso aprovecharía para darle las gracias por haberle salvado la vida. Esta vez al menos aquella mujer, a la que ella seguía viendo como una niña, no estaría sola en el momento de su partida, y aquello fue sin duda el consuelo de Serafina.

FIN

Imagen: “Dormida en la Hamaca” Autora: Miriam Bricks

 

 

 

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