EL DESPERTADOR

EL DESPERTADOR

(Anécdota real)

Isabel Puyol Sánchez del Águila

La siguiente historia encajaría perfectamente en lo que llamamos leyendas urbanas, o simplemente superstición, pero hay algo diferente en ella, por eso llamó especialmente mi atención.

Muchas personas me cuentan sus experiencias, sobre todo porque yo siempre estoy dispuesta a escucharlas, pero en este caso fue por casualidad.

Me encontraba yo hace ya unos cuantos años en una tienda, esperando mi turno para pagar, cuando alguien me dio un toquecito en el hombro. Al girarme comprobé con agrado que se trataba de Sebastián, un antiguo vecino de la casa en la que me pasé mi niñez y adolescencia. Conservaba su aspecto elegante y su mente lúcida, aunque ya era octogenario. Sin embargo, algo había cambiado en él. Las conversaciones que habíamos mantenido tiempo atrás eran las convencionales, aunque nos conocíamos bien por muchas razones. Entre otras cosas, su familia y la mía teníamos la tradición de pasar el fin de años juntos brindando por el año nuevo, y por algún que otro detalle más, ya que habíamos sido vecinos puerta con puerta durante muchos años.

Después de preguntarle por su salud, para mi sorpresa me contó que había estado muy grave, incluso clínicamente muerto. Lo cierto era que por alguna razón comenzó a contarme cuál había sido su experiencia, con detalles incluso escabrosos. Cuando yo le conté que me gustaba leer y escribir sobre esos temas, pareció aliviado, sabiendo que podía hablar con libertad sobre todos esos tabúes. Él era muy consciente, como lo soy yo, de que la mayoría de la gente rechaza hablar de todo lo relacionado con lo espiritual, por miedo, o simplemente por desinterés.

Una vez fuera de la tienda, me preguntó si tenía un ratito para charlar con él, y yo accedí de muy buen grado, ya que su conversación me agradaba. Fueron muchas las cosas de las que hablamos, porque hacía tiempo que no nos veíamos, pero hubo una experiencia suya que me llamó la atención. No se trataba de nada relacionado con su experiencia cercana a la muerte, fue algo mucho más antiguo.

Sebastián nunca había sido una persona religiosa, la fría lógica había guiado su vida, quizás por ser un hombre de ciencia, aunque muy amante de las letras y de la cultura en general. Durante la conversación parecía tener mucho interés por contarme una gran variedad de experiencias, pero de repente comenzó a hablarme de una situación traumática vivida en Francia durante la Segunda Guerra Mundial. Era solo un niño, y por una serie de circunstancias se vio solo, aunque con un billete de tren que le permitiría reunirse con su padre. Era el peor momento de la ocupación Nazi, y si no conseguía tomar ese tren a las seis de la mañana, se quedaría solo, con un futuro peor que incierto, y lo más probable era que no volviese a ver a su padre, que era lo único que le quedaba en la vida. Sebastián pensó que lo mejor sería no dormir aquella noche, porque lo mejor hubiese sido ir a la estación y esperar allí, pero era muy peligroso. Él estaba escondido en un granero, y luchando por no quedarse dormido. No tenía ningún despertador, ni ningún reloj, lo que complicaba enormemente su situación.

En el momento en el que el sueño le estaba venciendo, ya que llevaba días andando, con mucha necesidad de descanso y de alimentos, comenzó su angustia. No podía perder ese tren, no podía dormirse, aunque lo necesitaba desesperadamente. De repente, vino a su mente lo que su abuela le había contado cuando era muy pequeño. Le dijo que si alguna vez necesitaba un despertador, y no disponía de ninguno, que invocase a las Ánimas del Purgatorio. Simplemente tenía que decir: “Ánimas del Purgatorio, os suplico que me despertéis a las seis de la mañana” o la hora que necesitase.

Sin creer en Dios, ni en las Ánimas del Purgatorio, pero viéndose muy desesperado, así lo hizo, antes de quedarse profundamente dormido. Eran exactamente las seis de la mañana cuando una voz susurró a su oído “SEBASTIÁN, SEBASTIÁN, SEBASTIÁN”. La primera vez que escuchó su nombre estaba dormido, pero las otras dos estaba completamente despierto, y la voz era perfectamente audible. El terror que sintió se vio compensado por el hecho de que pudo llegar a tiempo a subirse a aquel tren.

Por cierto, cuando me encontré con Sebastián en la tienda, yo estaba comprando un despertador, que todavía utilizo. Cada vez que lo miro me viene a la mente aquella historia. Tengo que reconocer que aunque él me invitó a probar la experiencia, y he estado tentada de hacerlo, no he tenido valor. Espero no verme nunca en una situación parecida a la suya, porque en ese caso, sin duda lo haré.

Yo aseguraría que es nuestra propia mente la que nos hace escuchar nuestro nombre, sobre todo en situaciones como esa, aunque no podría asegurar nada. De lo que sí estoy segura es de que Sebastián escuchó cómo le llamaban, por fortuna para él. ¿Te atreverías a probar tú a utilizar ese despertador?.

FIN

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