CARTAS DE AMOR OCULTO

CARTAS DE AMOR OCULTO

Nº Registro: M-005950/2016

Isabel Puyol Sánchez del Águila

Un otoño de finales del siglo XIX…

Una tarde en la que don Doroteo se disponía a ir al casino, antes de salir de su palacete, observó que alguien había metido una carta por debajo de su puerta. Extrañado por las horas y el modo de entrega, se agachó a recogerla. Al principio pensó que se trataba de una equivocación, pero pronto comprobó que él era el destinatario. Conforme la iba leyendo, su emoción y desconcierto aumentaban:

“Mi querido Doroteo, aunque sé que usted no me conoce, créame que yo a usted sí. Llevo tiempo prendada de su porte elegante, y de su caballerosidad. Disculpe mi descaro, pero no pude evitar seguirle desde el primer día en el que le vi, y siendo como es usted, un buen cristiano, sé que le puedo encontrar en misa cada mañana. Quizás usted no se haya fijado en mí, pero con la ayuda de Dios conseguiré captar su atención.

Siempre suya, Gabriela”

Doroteo, alagado como estaba, aunque desconcertado, se apresuró a mirarse al espejo. Su aspecto era el de siempre, el que tiene un hombre de cincuenta y cinco años, de baja estatura, regordete, y calvo. Quizás eran sus virtudes como cristiano lo que había enamorado a esa joven, porque él por alguna razón había imaginado que se trataba de una mujer en la flor de la vida.

Aquella carta había devuelto la alegría al corazón de Doroteo,  que desde que enviudó y perdió a su joven hijo de veinticinco años, no había conseguido encontrar ilusiones en la vida. Lo cierto era que su fe le había salvado, y quizás ahora, asistiendo como siempre a la primera misa del día, podría producirse aquel esperado encuentro. Buscaría a Gabriela en cada joven con la que se cruzase por el camino, y sobre todo, en la iglesia, donde sin duda se había fijado en él.

Pasaban los días, y su ansiedad iba en aumento, porque no conseguía ver a ninguna dama observándole o siguiéndole por la calle. Cada noche, y en realidad a cada hora, miraba al suelo para comprobar si había recibido otra carta, hasta que una mañana al levantarse, la vio. Se apresuró a abrirla lleno de emoción.

“Mi querido Doroteo:

He vuelto a quedarme delante de su puerta, buscando cualquier excusa para hablar con usted, pero es tal el miedo que me provoca pensar en su rechazo, que estando a punto de hacerlo, me he echado atrás. Temo no ser digna de su atención. Procuraré olvidarle, pero no sé si podré.

Siempre suya, Gabriela”

Esta vez, adjunta a la carta venía un pequeño retrato de ella hecho con carboncillo. Su belleza, y la emoción que le había provocado la carta, aceleraron su corazón. Se preguntaba qué podría motivar el miedo al rechazo de aquella joven, pues poseía todo aquello con lo que un hombre sueña.

Se fue a la cama con la carta y el retrato, que no dejaba de contemplar prendado por aquel rostro angelical. Aquella noche, en la que no conseguía conciliar el sueño, se ruborizaba al pensar qué habría opinado su hijo Amadeo de ese enamoramiento tan irreal e infantil.  Sobre todo se planteaba si lo habría aprobado o no, ya que él tampoco solía aprobar los suyos, aunque por su bien. Cuando el joven se había enamorado de la persona equivocada, él no solo había impedido el compromiso, incluso lo había enviado al frente, muy lejos de España, donde había encontrado la muerte. Ahora lo lamentaba profundamente, y no solo por el cruel destino al que le había condenado, también por el otro tipo de muerte, esa que se siente cuando te separan del ser amado. Lo único que sabía de la amada de su difunto hijo era su nombre, Eugenia, y según había llegado a sus oídos, se había quitado la vida al verse separada de Amadeo.

Viéndose incapaz de resolver el enigma de las cartas, Doroteo contrató los servicios de un detective privado, para que durante día y noche observase su puerta a ver quién echaba la carta por debajo. Pasaron unas semanas hasta que recibió la esperada visita del detective,  quien tenía algo que contarle.

-Verá, don Doroteo, las cartas las trae un muchacho que previamente las recoge del Convento de las Carmelitas- le explicó el detective.

-Eso no tiene sentido, ¿cómo va a sentir eso por mí una mujer que ha entregado su vida al Altísimo?- le contestó Doroteo.

-Intenté entrar en el Convento, pero se me negó la entrada. Es mejor que vaya usted mismo, ya que su condición de noble le abrirá las puertas para poder hablar con la Madre Superiora. Usted ya sabe lo apreciadas que son las donaciones en los conventos- fueron las sensatas palabras del detective.

Doroteo no pudo esperar más, y a la mañana siguiente, después de la Misa, se dirigió al Convento de las Carmelitas, donde, tal y como le había indicado el detective, fue bien recibido. El siguiente paso era el más complicado, ya que tenía que explicarle a la religiosa el motivo de su visita. Sin embargo, no fue necesario, ya que fue ella misma quien abordó el tema.

-Supongo que usted quiere referencias sobre las cartas que recibe, ¿no es así?- afirmó la Madre Superiora.

Doroteo se limitó a preguntar por aquella joven, y saber dónde podía encontrarla, sin hablarle de su más que evidente enamoramiento. La religiosa, después de un tenso e interminable silencio le contó cuanto sabía.

-Poco puedo contarle yo, ya que no conozco el contenido de esas cartas, pero usted me habla de una mujer llamada Gabriela, ¿no es así?

Doroteo asintió con la cabeza, cada vez más nervioso por estar a punto de descubrir el enigma, y poder encontrarse con su amada.

Doña Gabriela fue una de esas mujeres viudas que recogimos de la calle, una vez que se vio arruinada al morir su esposo. Pero no era exactamente joven, sería más o menos como usted. Murió hace pocos meses.

-No entiendo nada, ¿por qué salen esas cartas de este convento?- le preguntó Doroteo, desconcertado y enormemente decepcionado y abatido.

-Me falta información para detallarle todo lo que desea saber. Lo único que puedo hacer es mostrarle una carta que recibimos, junto con las que usted recibe, y se nos pidió que se le enviasen cuando falleciese Gabriela

Doroteo comenzó a leer la carta, con un desconcierto creciente.

“Mi apreciada Reverenda Madre:

A punto estoy de cometer un gran pecado, y cuando reciba esta carta yo ya no estaré en este mundo. Le ruego que me tenga en sus oraciones para que Dios me perdone por haberme quitado la vida.

Cuando yo muera, con toda seguridad, mi madre, Gabriela, será recogida por su tan caritativo convento, como lo sería yo misma si viviera. La ruina en la que nos ha dejado mi querido padre, no es comparable con el vacío de mi corazón al verme apartada de mi prometido, Amadeo, cuya muerte me ha sumido en la desesperación. Sé que no fue su voluntad marchar al frente, sino el deseo de su padre de poner fin a nuestro amor.

Me consta que mi madre no vivirá mucho tiempo más, por lo que tengo dos ruegos que hacerle. Primero le pido que cuide de ella con mucha dedicación, y luego le suplico que una vez ella haya fallecido entreguen estas cartas que le entrego, una a una, con cierta regularidad a la dirección y el nombre que les adjunto.

Las cartas las hallé escondidas en un libro que perteneció a mi abuelo. Pude deducir con gran dolor que él mismo evitó que llegaran a su destinatario por considerarlas inadecuadas. Ahora, ya tarde, es mi deseo que lleguen a su destino, aunque con más de veinte años de retraso.

Que Dios la bendiga ,Reverenda Madre.

Eugenia”

 

Doroteo se marchó del convento con el dolor de saber cómo se había sentido su hijo al verse privado de lo que más quería. La historia parecía haberse repetido, casi como una lección procedente del Más Allá.  No hicieron falta ni más palabras ni más explicaciones. Volvió a su casa sintiendo un frío que apenas podía evitar cubriéndose con su abrigo, se acercaba el invierno, y las primeras gotas de lluvia caían sobre su rostro resbalándose por la mejilla como si se tratasen de sus propias lágrimas.

FIN

 

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